crisis

 

Hoy es el quinto día que vivimos en situación de aislamiento. Es una situación nueva, desconocida para todos nosotros. Muchas veces oponemos resistencia a lo nuevo, a lo desconocido, a lo que nos saca de nuestra zona de confort, ese espacio circundante en el que creemos tener todo controlado y en el que nos sentimos seguros. Ahora estamos en nuestras casas, asomados a nuestros balcones y colgados de las redes de comunicación para tratar de entender lo que pasa. Inevitablemente, la gravedad de la situación, a la que se suma el estrés que provoca la sobreinformación, el excesivo tiempo que permanecemos absorbidos por las pantallas y la información que en ella circula, provoca un estado de agitación y nerviosismo que no sólo no ayuda, sino que hace que el miedo y la inquietud crezca en nosotros. 

Decimos todo ésto porque, estamos seguros, en este momento lo más inteligente es mantenerse en calma y evitar estados de agitación anímica. Proponemos desde aquí reducir tiempos de conectividad exterior, ya sea con el teléfono, la tablet, el ordenador, la televisión… y evitar la sobreexposición informativa, trufada de bulos, exageraciones y mentiras. Conectemos también hacia adentro. La mejor manera de permanecer calmados es aprovechar esta oportunidad para estar, con toda la atención, con nosotros mismos y con nuestras familias, los que tenemos ahora a nuestro lado y a quienes, en medio de la velocidad de la vida cotidiana, a veces descuidamos. 

Esta crisis nos pone a prueba a todos. En chino (aunque ahora no sean demasiado populares) la palabra crisis se escribe con dos ideogramas 危機. Uno de ellos significa peligro, punto crucial y, el otro, oportunidad. Es verdad que está en riesgo nuestra salud, nuestro sistema económico, nuestro orden social… y que podemos perderlo todo. Pero no es menos cierto que esta crisis nos brinda la oportunidad de reorientar el rumbo. Este parón global tendrá consecuencias que aún no alcanzamos a ver. Probablemente nada sea igual después del coronavirus. Sería un error volver al punto de partida, pretender que nada ha pasado y que podemos continuar como siempre. La vida, el planeta, la naturaleza, Dios… como cada uno quiera llamar a las fuerzas que gobiernan el universo, nos está dando un mensaje claro ¿Vamos a escuchar, o permaneceremos sordos pensando en comprar con un clic desde nuestro sillón el último modelo de teléfono? 

Todo nuestro sistema está en parada técnica. Lo que creíamos inmutable ha demostrado ser frágil y vulnerable. Un pequeño ser microscópico nos tiene a todos paralizados. A cambio, el aire comienza a ser más respirable, las ciudades y pueblos más silenciosas y calmadas, las familias están juntas, el tiempo deja de correr a 1000 por hora y podemos ajustar nuestro pulso interior a este nuevo ritmo ¿Por qué no aprender de lo que está pasando? ¿Por qué volver a la agitación y las prisas? ¿Acaso no nos damos cuenta -no queda otro remedio ahora- que el cielo no se desploma por estar en calma, por no correr constantemente? A veces, como recoge el refranero popular, lo que sucede conviene. 

Tenemos la responsabilidad de aprender. Se lo debemos a nuestros hijos, a nuestros alumnos. Ellos tendrán que vivir en el mundo que hemos construido, y también en el que destruimos cada día. En estos momentos, casi todo pasa a un plano secundario. Programas educativos, evaluaciones, objetivos… Es tiempo para levantar la vista y elevar la mirada porque, por primera vez, un horizonte sin futuro aparece ante nuestra conciencia como posibilidad. Nos guste o no, somos corresponsables de lo que pasa. Nuestro papel cuenta, cada uno de nosotros debe decidir abrir los ojos al nuevo mundo que se nos ofrece o permanecer dormidos, en el sopor que provoca la siesta con el estómago lleno y el cerebro saturado de información.